jueves, 9 de agosto de 2007

Bergman: el fin de la emoción, Rafael Pérez Gay


El Universal, México, 8 de agosto de 2007



La lectura en la prensa de los obituarios por la muerte de Ingmar Bergman me infundió hasta los huesos el sentimiento de que con el cineasta sueco un mundo ha desaparecido para siempre. En ese mundo, un artista podía nombrar una época; Bergman ha sido uno de ellos. Quizá vea las cosas a través del cristal distorsionado de la nostalgia, pero en ese mundo, un público en busca de sí mismo intentaba resolver algunas preguntas esenciales en la oscuridad de una sala de cine. La muerte, la soledad, la religión, el deseo (de esto y no de otra cosa trata Bergman) se encontraban expuestos y ocultos en sus películas: El séptimo sello, Fresas silvestres, Gritos y susurros, Fanny y Alexander. En la segunda mitad de los años 70, el nombre de Bergman siempre aparecía junto a otros ecos propiciatorios: Godard, Fellini, Visconti. Otros nombres de ese mundo: Borges, Onetti, Cortázar. Sin ellos la vida era indescifrable.
En la Cineteca de Churubusco, que sucumbió a las llamas provocadas por el nitrato de plata, se pudo buscar alguna clave sobre el totalitarismo en El huevo de la serpiente, un atisbo del porvenir en Escenas de un matrimonio, un chispazo de la memoria en Sonata de otoño. Recuerdo los ciclos dedicados a un solo autor, homenajes completos, retrospectivas. Los valientes que se despachaban seguidas dos trombas cinematográficas de Bergman quedaban en estado casi catatónico.
Por eso había que combinar la espesa verdad bergmaniana con algo de Harry el sucio, cuando Clint Eastwood no era aún un director de culto, sino un detective rudo que rompía las reglas del departamento de policía. En honor a la verdad, el reloj sin manecillas de Fresas silvestres, esa parábola de la muerte y el tiempo perdido, siempre quedó en mi memoria adherido a la última escena de Magnum 44 y al detective Harry Callaghan diciendo este parlamento que me gusta repetir cada vez que puedo: “Todos deberían conocer sus límites”.
¿Qué es lo que ha desaparecido de ese mundo del que hablo? La emoción. Un película, un poema, un cuento, una novela podían cambiar una vida. ¿Quiero decir con esto que en la actualidad se han perdido la emoción y la seriedad ante los hechos culturales o artísticos? Al menos se han desvanecido la exaltación cultural y la admiración por una obra, se han mezclado con los designios del mercado. El poder admirativo se difunde ahora en la publicidad, en la compra de tiempo electrónico y pautas publicitarias para definir la formación de un gusto o el establecimiento de un canon. Una pregunta insulsa: ¿cuánto le habría costado a Ingmar Bergman un plan de medios para lanzar a la vida pública Fanny y Alexander?
Hay quien cree que ese mundo que desaparece con Bergman se lleva la petulancia intelectual, la inocente aspiración que intentaba entender en un envión los impulsos crípticos del director sueco —que no eran pocos—, el simbolismo inclemente de algunas de sus creaciones —que era más bien demasiado—. A ese anhelo eclesiástico —el cine era un templo iniciático— lo sustituyó la fuerza laica de la diversidad, pero la arrogancia radica ahora en la dictadura del mercado y la incultura.
Quizá por esta razón recuerdo con cierta simpatía al incomunicable Michelangelo Antonioni. Sé que blasfemo, pero sus películas me parecían —y me parecen— un suplicio. Blow up me gustaba por obligación pues estaba basada en “Las babas del diablo”, de Cortázar. Desierto rojo me acaloró tanto que me salí de la sala Gabriel Figueroa a la mitad de la película en mangas de camisa y desabotonado, como si huyera de un campo petrolero de Arabia Saudita. Zabriskie point me entusiasmó porque al parecer contenía una crítica feroz al consumismo; en una secuencia inolvidable, que revelaba la verdad del mundo capitalista, volaban por el cielo de la pantalla pollos rostizados, televisiones, un refrigerador, en fin, mercancías que generaban la plusvalía.
La crítica furiosa de Antonioni parecía en realidad el anuncio de un almacén en gran oferta. Por cierto, siempre me gustó mucho más Monica Vitti, la actriz de Antonioni, que Liv Ullmann, la musa del sueco.
Dicho todo esto, debo insistir en que algo de los tiempos de Bergman se perdió para siempre y que Fresas silvestres me parece una obra maestra.

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