En ese espléndido libro que es Vida del fantasma, Javier Marías dice que existen seres humanos no cercanos pero estimables y entrañables en la lejanía y de los cuales tenemos la certeza de que con ellos “contábamos siempre en ausencia y de quien esperábamos agradables noticias periódicamente en forma de películas o discos o libros”. He recordado la anterior afirmación del escritor español para compartirle, cinéfilo lector, que uno de esos seres que me acompañaron en la lejanía y de quien esperaba con ansia la aparición de alguna de sus obras, o la retransmisión de otra, fue Ingmar Bergman, cineasta y teatrero muerto el pasado 30 de julio, a la edad de 89 años, en la isla de Faro. Bergman nació en Uppsala, Suecia, el 14 de julio de 1918, segundo hijo de un pastor protestante puritano cuya educación influyó en su niñez y adolescencia debido a los valores inculcados y, obviamente, asimilados: el mundo metafísico de la religión, los sentimientos de culpa, pecado y redención. En la juventud encontró la forma de encauzar sus propios sentimientos y creencias independizándose cada vez más de los valores paternos a fin de buscar su propia identidad espiritual, cosa que logró con creces. Toda biografía de Bergman –como la aparecida en Wikipedia- consigna que a partir de los trece años estudió bachillerato en una escuela privada de Estocolmo, para luego licenciarse en Letras e Historia del Arte en la Universidad. Durante la Segunda Guerra Mundial, distanciado ya de su familia, inició su carrera como ayudante de dirección en el Teatro de la Ópera Real de Estocolmo. Afortunadamente, dicen los estudiosos de su vida y de su obra, encontró en el teatro y en el cine, los dos medios más apropiados para expresar su complejo mundo interior y su potencial creativo. No obstante, las imágenes y valores de su niñez que lo seguirían por el resto de su vida y la proximidad con el quehacer de su padre, lo habían sumergido en las cuestiones metafísicas: Dios, el Demonio, la muerte, la vida, el dolor y el amor. Estos mismos estudiosos comentan que fueron dos los dramaturgos -Henrik Ibsen y, sobre todo, August Strindberg- quienes ejercieron en él mayor influencia ya que al conocer la obra de éstos, Bergman se introdujo en un mundo en donde se manifestaban los grandes temas que tanto lo atraían, cargados de una atmósfera dramática, agobiante y desesperanzada. Ya en el plano descriptivo de la obra de Bergman, los especialistas dicen que su narrativa visual es lenta a propósito, con un montaje y una secuencia de planos mesurados a fin de lograr un tiempo considerable de reflexión entre los espectadores aún cuando ya estén capturados. Sin embargo, abundan, tal lentitud está lejos de la monotonía gracias al contenido del mensaje y al excelente trabajo de los actores que lo acompañaron en sus filmaciones. Otra característica de su apuesta estética, afirman sus seguidores, es la limpieza de las imágenes.Los especialistas en la obra de Bergman dicen que es recurrente el hecho de que en la mayor parte de sus películas, sus personajes son atravesados por los mismos caminos en que se internan. Afirman que se trata de trayectorias que los conducen y reconducen hacia sí mismos, hacia su propia alma, hacia su propia conciencia, y que son recorridos íntimos, enigmáticos, que muchas veces se apoderan del espectador transportándolo a una experiencia estrictamente personal e inquietante, en la medida en que los personajes realizan aquella trayectoria sobrecargada por un denso dramatismo encaminado a desnudar el alma en forma genérica. Argumentan los conocedores que la trayectoria de los personajes en la obra de Bergman termina en algunos casos en la locura o en la muerte, en otros en un estado de gracia, un momento metafísico que les permite comprender más de su realidad, una revelación que los iluminará y modificará el curso de sus vidas. En algunos casos les servirá, continúan comentando, para realizar un exorcismo y dominar los fantasmas que rondan y se apoderan de las almas de los personajes.Para estos comentaristas los personajes de Bergman arrastran un pesado lastre en sus mentes, en sus corazones, y en general son adultos, salvo el caso del niño de “El Silencio”, -aunque en realidad no es el niño quien tiene el alumbramiento sino “Ester”, el personaje que interpreta la actriz Ingrid Thulin-. La inquietud que sienten los personajes, dicen sus seguidores, es más o menos latente, pero progresivamente irá revelándose ante el espectador produciendo un efecto devastador. La transmisión de esos estados de conflicto interno de sus personajes, propician historias angustiosas y lacerantes, como pocos directores de cine han podido comunicar a su público, y, todos reconocen, éste es el mayor logro de Bergman.Los especialistas pasan aquí a comentar más en específico obra por obra, personaje por personaje, etapa por etapa por las que pasó Ingmar Bergman, pero este escribidor quiere sumarse al dolor y a los homenajes merecidos transcribiendo un pasaje del libro de memorias –“Linterna Mágica”- de este sueco ilustre en el cual comparte el momento en el que se apropió del cinematógrafo: “Fue unas semanas antes de Navidad. Jansson, el uniformado chofer de la incalculable rica tía Anna, había venido a traer una cantidad de paquetes que, según la costumbre, se ponían en el cesto de regalos de Navidad que se metía en el armario que había debajo de la escalera de acceso al piso de arriba”.“Había un paquete que despertaba especialmente mi excitada curiosidad: era marrón y cuadrado y en el papel de envolver ponía Forsners. Forsners era una tienda de fotografía que había en la cuesta de Hamngatan. No vendían únicamente cámaras, sino también cinematógrafos de verdad”. “Lo que yo más deseaba en el mundo era un cinematógrafo. Un año antes había ido al cine por primera vez y había visto una película que trataba de un caballo, creo que se titulaba Belleza Negra y estaba basada en un famoso libro infantil. La pasaban en el cine Sture y nosotros estábamos en la primera fila del anfiteatro. Para mí ése fue el principio. Se apoderó de mí una fiebre que no desaparecía. Las sombras silentes vuelven sus pálidos rostros hacia mí y hablan voces inaudibles a mis más íntimos sentimientos. Han pasado sesenta años y nada ha cambiado, sigue siendo la misma fiebre”. “Fue a mi hermano a quien se lo dieron. Yo empecé inmediatamente a aullar, fui reprendido, desparecí debajo de la mesa donde seguí gritando, me dijeron que hiciera el favor de callarme, me fui corriendo al cuarto jurando y maldiciendo, pensé escaparme de casa y finalmente me dormí de tristeza”. “La fiesta siguió su curso. Desperté ya entrada la noche. Una lámina transparente con el portal de Belén y la adoración de los pastores brillaba tenuemente sobre la alta cómoda. En la mesa blanca plegable, entre los demás regalos de mi hermano, estaba el cinematógrafo con su chimenea curvada, su lente circulaba por el latón delicadamente trabajado y su soporte para los rollos de la película”.“Tomé una decisión rápida, desperté a mi hermano y le propuse un trato. Le ofrecí mis cien soldados de plomo a cambio del cinematógrafo. Como Dag tenía un gran ejército y siempre estaba enzarzado en asuntos bélicos con sus amigos, llegamos a un acuerdo satisfactorio para los dos. El cinematógrafo era mío”.Hermosas y aleccionadoras palabras las de Bergman, y lo que sus seguidores le agradecemos es su decisión por hacerse de ese aparato cinematógrafo, ya que a partir de ahí, estoy seguro, nació el gran artista que fue y tuvo cimiento la gran obra que realizó. Pero por desgracia hoy decimos: Bergman ha muerto.Y por fortuna también podemos gritar: ¡Viva Bergman!
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