Metafísica de la muerte
Schopenhauer solía decir ¡cuan larga es la noche del tiempo ilimitado si se compara con el breve ensueño de la vida!, y esto lo recuerdo ese lunes por la mañana, cinematográfico, como suele ser a veces la vida. Ese lunes por la mañana. Lunes, inicio de semana, lunes largo como un sueño de invierno, pero de este lado del hemisferio es verano. Ese lunes han muerto Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni. Han muerto y yo solo puedo escribir dos palabras: temor y temblor.
Bergman al final, perdió el juego de ajedrez con la muerte, su temor llenaba esa mirada compleja, humana, sensible y desde luego, terrible como ángel exterminador.
Solo los fantasmas graciosos de una desintoxicación de vida podrían entender el sentido trágico del cine de este cineasta sueco.
No puedo escribir sobre Bergman conceptos, apologías en busca de epitafios. Sólo puedo escribir sensaciones ante este realizador. Me siento desarmado de cualquier contundencia teórica. Solo puedo mirar su cine a través de ese vidrio oscuro que es lo que me despierta.
Recuerdo la primera vez que vi un filme de Bergman, creo era Fresas salvajes, tendría unos 20 años y mi cinefilia era una carta de creencia. Con ella experimente algo distinto, algo que quiza era humano, demasiado humano, para ser cine.
Cada fotograma que pasaba por mi vista se convertía frente a mis ojos en una sensación de desasosiego (y esto solo me pasa con Antonioni) y ese temor que invade los avatares de una educación sentimental llena de Ophulus, Lang y silencios, muchos silencios en la oscuridad. También rostros que de tan humanos parecerían mascaras, pero que en realidad son la humanidad reflejada.
Schopenhauer solía decir ¡cuan larga es la noche del tiempo ilimitado si se compara con el breve ensueño de la vida!, y esto lo recuerdo ese lunes por la mañana, cinematográfico, como suele ser a veces la vida. Ese lunes por la mañana. Lunes, inicio de semana, lunes largo como un sueño de invierno, pero de este lado del hemisferio es verano. Ese lunes han muerto Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni. Han muerto y yo solo puedo escribir dos palabras: temor y temblor.
Bergman al final, perdió el juego de ajedrez con la muerte, su temor llenaba esa mirada compleja, humana, sensible y desde luego, terrible como ángel exterminador.
Solo los fantasmas graciosos de una desintoxicación de vida podrían entender el sentido trágico del cine de este cineasta sueco.
No puedo escribir sobre Bergman conceptos, apologías en busca de epitafios. Sólo puedo escribir sensaciones ante este realizador. Me siento desarmado de cualquier contundencia teórica. Solo puedo mirar su cine a través de ese vidrio oscuro que es lo que me despierta.
Recuerdo la primera vez que vi un filme de Bergman, creo era Fresas salvajes, tendría unos 20 años y mi cinefilia era una carta de creencia. Con ella experimente algo distinto, algo que quiza era humano, demasiado humano, para ser cine.
Cada fotograma que pasaba por mi vista se convertía frente a mis ojos en una sensación de desasosiego (y esto solo me pasa con Antonioni) y ese temor que invade los avatares de una educación sentimental llena de Ophulus, Lang y silencios, muchos silencios en la oscuridad. También rostros que de tan humanos parecerían mascaras, pero que en realidad son la humanidad reflejada.
Bergman es el temor a un vacío que es imposible evitar.
Bergman es el temor a la ausencia de un dios.
Bergman es temor ante una muerte que es mejor no evitar.
Bergman es el temor de una humanidad que de pánico soñar.
Ante el vacío que nos deja el temor.
Temor de que sólo nos quedara el perecedero celuloide y la larga lista de película donde la condición humana es retratada en su más absoluta certeza.
Filmes como A través de un vidrio oscuro (mi favorita), Persona, La hora del lobo, Fresas salvajes, El séptimo sello, La isla, la curiosa: El ritual, Fanny y Alexander, La flauta mágica, Escenas de un matrimonio, entre otros cada vez que los veo me harán recordar que en Bergman tuvimos a un realizador que más allá del cine, su grandeza se extendía al teatro (su verdadera pasión) y a la escritura (La linterna mágica). Pero que siempre será recordado por esa forma de retratar lo humano: a partir de rostros, planos fijos que se extendían hasta el fin de os tiempos, rompimiento de la representación fílmica, planteamiento de encuadres con un marcado sello plástico (la secuencia final de El séptimo sello donde la muerte conduce al infierno a los condenados es magnifica), una teatralidad puesta en servicio de lo fílmico.
Bergman perdió el juego de ajedrez, sólo nos deja el temor y la angustía.
Mientras escribía estas notas me enteraba de la muerte de Michelangelo Antonioni. Apenas entraba en el silencio que me remitía a Bergman y entraba en otro sentimiento, también humano, muy humano.Trate de escribir una nota sobre los logros de Antonioni. Sin embargo, solo puedo remitirlo a una sola palabra temblor. Temblor ante la representación de nuestros más íntimos deseos y sentimientos, casi cercanos a una metafísica del amor.
Metafísica del amor
Si Bergman fue un cineasta metafísico en su discurso. Antonioni fue ante todo un amoroso.
Al buscar una palabra que pudiera definir el conjunto de su obra me encuentro con la palabra temblor.
El temblor ante el deseo y la pérdida.
Temblor ante la incapacidad de comunicarnos.
Temblor ante ese desierto rojo que es la vida misma.
Temblor ante el eclipse de la vida.
Temblor ante la aventura de la existencia
Tantas películas en su haber y todas ellas reflejan un pedazo de alma. Obras tan personales y casi intimas. Todas ellas una metafísica del amor. Todas ellas un ir más allá de las nubes.
Temblor ante la incapacidad de comunicarnos.
Temblor ante ese desierto rojo que es la vida misma.
Temblor ante el eclipse de la vida.
Temblor ante la aventura de la existencia
Tantas películas en su haber y todas ellas reflejan un pedazo de alma. Obras tan personales y casi intimas. Todas ellas una metafísica del amor. Todas ellas un ir más allá de las nubes.
Su cine era un reflejo de la otra cara de la condición humana que es el deseo de reconocernos y tenernos. Filmes como La aventura, El eclipse, La noche, El desierto rojo, la dama sin camelias, Blow-up, Zabriski Point, Más allá de las nubes me remiten a un momento de cierta reflexión sobre el deseo y su pasión humana.
Fade to black
El cine ha perdido a dos de sus grandes cineastas. Cada uno de ellos reflejaba la idea de un cine intimo y humano. Un cine que en lugar de buscar la superficialidad de la narrativa más convencional, trataba de crear una visión de aquello que irremediablemente ha perdido el cine –salvo contadas excepciones-, la visión de lo humano en su máximo expresión. Dramas humanos que miran al interior del personaje y lo exponen en su total debilidad. Dramas humanos llenos de temor y temblor. Temor por la vacuidad de la existencia. Temor por la finitud de la vida. y temblor por esa mirada que nos llena de un deseo.Nos quedan algunos que siguen el camino de estos dos maestros, nos quedan Wong Kar We, Kim Ki Duk, entre otros que buscaran en aquellos que no podemos ver a través de nuestros ojos, pero que percibimos y que, por desgracia, es cada vez más difícil encontrar en una película: la vida interior.
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