
El Ángel, supl. de Reforma, México, 5 de agosto de 2007
Tenía un depurado estilo neoexpresionista, preocupaciones filosóficas, una sólida técnica de dirección de actores y un estilo narrativo definido
Contados han sido los cineastas que han dejado una huella profunda en las pantallas, ya sea por sus excesos formales, sus extravagancias argumentales o la manera de abordar un relato desde la perspectiva de universos muy particulares. Este último es el caso del gran cineasta sueco Ingmar Bergman (1918-2007), atormentado hijo de un pastor protestante y una madre estricta, que aportó al cine una problemática adulta, abordando sin ambigüedades, incluso con crueldad, los conflictos del individuo y la crisis de la pareja, así como la experiencia sexual, artística y religiosa, el concepto de fe, destino y muerte, sueño y vigilia, todo ello con tal fortaleza que muchos cineastas han bebido de sus historias o han hecho referencia a sus películas, como Woody Allen y aquel juego de ajedrez entre el caballero y la muerte de El séptimo sello (1956). Con un depurado estilo neoexpresionista concebido junto con espléndidos directores de fotografía, como Gunnar Fischer y Sven Nykvist; preocupaciones filosóficas que pueden rastrearse en Heidegger, Sartre, Camus, Jüng o Nietzsche; una sólida técnica de dirección de actores debido a su formación como director de teatro y, por supuesto, con un estilo narrativo que suele llevar al espectador a la angustia y la claustrofobia en una filmografía cercana a los 50 títulos, el cine de Bergman destila pesimismo y horror, aunque también es posible encontrar imágenes luminosas e historias muy alejadas de su hermético universo.
Frente a obras ligeras en apariencia, como Sonrisas de una noche de verano (1955), Ni hablar de estas mujeres (1964), La flauta mágica (1974), incluso Fanny y Alexander (1982), relato de menor pesimismo y de enorme carga autobiográfica, otros filmes como Noche de circo (1952), El rostro (1958), Detrás de un vidrio oscuro (1961), El rito (1968), Gritos y susurros (1972), Escenas de un matrimonio (1973), Sonata de otoño (1978) o De la vida de las marionetas (1980), redundan en siniestras exploraciones sobre la frustración, la servidumbre sexual, la infelicidad y la condición humana, el miedo, la cobardía y el fracaso de la vida familiar y en pareja, asuntos que han inquietado a varios realizadores y colaboradores que han recuperado sus ásperos relatos, incluyendo su hijo, Daniel Bergman, director de Niños del domingo (1992, con guión de Ingmar Bergman) e Ilusiones (1997). Si la actriz Ingrid Thulin se convirtió en la depositaria del vampirismo intelectual y la lucha contra el destino a partir de obras inspiradas en Strindberg (Luz de invierno, El silencio y Detrás de un vidrio oscuro), así como de otras cintas no menos intrigantes, como El rito, de fuerte carga erótica, y Gritos y susurros, Liv Ullman se trastocaría en su principal musa y colaboradora, cuyo posterior trabajo como realizadora a finales de los 90 (Confesiones íntimas, Infiel) será un reflejo de los atormentados mundos descritos por Bergman en este periodo, mismo que arranca con Persona (1966), relato de espíritu freudiano que reunió al cineasta, quien vivía como ermitaño en la isla de Farö, con la actriz noruega Liv Ullman. Le seguirían obras como La hora del lobo (1967), Vergüenza (1967), La pasión de Ana (1969), Escenas de un matrimonio (1973), Cara a cara (1976) o El huevo de la serpiente (1977).
El huevo de la serpiente, metáfora sobre el fantasma del nazismo, resulta una obra fascinante y terrible que parece haber encontrado eco en varios de los personajes del cineasta húngaro István Szabó y sus historias sobre la relación entre el individuo ajeno a la realidad político-social y su condición de servidumbre hacia los hilos ocultos que detentan el poder y el ascenso del fascismo: el arrogante actor en desgracia de Mefisto (1981), el soldado Redl de Coronel Redl (1985) o el ilusionista de Hanussen (1988). En Woody Allen pueden hallarse varios vasos comunicantes con el cine de Bergman. Interiores (1978), Hanna y sus hermanas (1986) y La otra mujer (1988) resultan homenajes a los dramas familiares del cineasta sueco de los años 70 y 80. La comedia sexual de una noche de verano (1982) se conecta con Sonrisas de una noche de verano y el espíritu de El séptimo sello, así como el tema de la muerte implacable aparece insólita y graciosamente retratado en obras como La última noche de Boris Grushenko (1975) y Scoop/Amor y muerte (2006), o incluso en Hannah y sus hermanas, en aquellas palabras que se centran en la idea de gozar la vida preocupándose menos por la eternidad y la trascendencia después de la muerte al igual que en Melinda y Melinda (2004), donde la tragedia encara y nos enfrenta, el humor evade y protege, pero ambos, tragedia y humor, son complementarios.
Más inquietante resulta el traslado que el cineasta Wes Craven (Pesadilla en la calle del infierno, Scream), especializado en cine de horror, hace de El manantial de la doncella (1959), de Bergman. En ella, el realizador más célebre de Suecia, con una admirable sencillez y en un clima de paranoia, relataba la historia de una jovencita mancillada y posteriormente asesinada con saña, lo que ocasionaba la ira y la venganza de su padre. Inspirada en una leyenda medieval, ese relato dio pie a Craven para realizar su ópera prima, obra de culto del más sangriento cine gore: La última casa a la izquierda (1972). En ella, unos jovenzuelos sicópatas torturan, violan y asesinan a unas jovencitas y después son víctimas de la terrible venganza del padre de una de ellas. Una obra intensa e hipnotizante como es Las horas (2002), de Stephen Daldry, en la que se entrecruzan tiempos y emociones en diferentes planos, historias paralelas en diferentes épocas que coinciden con otras surgidas de la imaginación de Virginia Woolf, consigue acercarse con sutileza a los herméticos universos femeninos, en un filme en el que puede notarse la influencia de Bergman (Gritos y Susurros, Sonata de Otoño y Cara a cara).
Finalmente habrá que citar Las mejores intenciones (1992), del danés Bille August, relato furiosamente romántico acerca de los padres de Ingmar Bergman, escrita por él mismo. Aquí, la belleza visual del filme sirve como inteligente contraste a un relato de personajes atormentados y terribles, como el niño maltratado y genio empírico que intenta arrojar a las aguas heladas de un río al pequeño hijo de los Bergman y que recibe una brutal golpiza en un relato sobre los errores de la educación familiar, los traumas sociales y el viaje de aprendizaje, temas que gravitan en la obra de un grande del siglo pasado: Ingmar Bergman.
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