ABC, España, 31 de julio de 2007
AFP
Cuando Woody Allen se quitó por vez primera la máscara de cómico y dijo que Ingmar Bergman era genial, un modelo al que nunca se acercaría lo suficiente, produjo risas -de incredulidad- entre sus fans: ¿cómo iba aquel pesado a ser mejor que su Woody? Pero también entre algunos cinéfilos: eran los años 80, los del posmodernismo, y empezaban a dejar de llevarse los discursos duros, el pensamiento profundo, el cine como arte: «vuelve la aventura», ¿recuerdan?
El tiempo, como siempre, ha puesto las cosas en su lugar; el tiempo y el eclecticismo informe del posmodernismo: hoy en ese imprevisto termómetro de la cultura popular que son los quioscos de prensa conviven, aquí y ahora, colecciones en DVD de Allen y de Bergman. La idea de poder comprarse a plazos la obra de un maestro «difícil» del cine no deja de parecer revolucionaria por más que responda a la lógica del capitalismo tardío, ése que, según los «baudrillards» de cabecera, desarticula la vanguardia y el arte mismo convirtiéndolos de signos de disenso en mercancía.
Aquí y entonces, en la España de hace medio siglo, Bergman fue objeto de un primer secuestro religioso-cultural que le presentaba como adalid de espiritualismo: se añadían voces angelicales a una feroz trama de venganza como «El manantial de la doncella» y se dilucidaban los matices teológicos de «El séptimo sello». Así, el valor de su cine quedó tan diluido como el del Quijote cuando se nos lo hace leer a la fuerza: a Bergman había que verle de rodillas.
Pero esa lectura quedó en entredicho por el propio desarrollo de la obra bergmaniana, con la estremecedora «Los comulgantes», con ese sacerdote que ha perdido la fe, y la abstracta «El silencio», en donde ese silencio de Dios producía un mundo agobiante, de pesadilla, sin sentido, digno de un Beckett terminal. Películas envasadas al vacío, que no nos dejaban aire para respirar, pero hermosas y terribles como el ángel de Rilke.
Y faltaba lo mejor, desde la perspectiva de la historia de las formas cinematográficas: tras haber comenzado en la posguerra haciendo un cine naturalista, determinista, de raigambre literario-teatral, evolucionó en los años 60 hacia una concepción despojada, minimalista, absolutamente moderna de la narración.
De Strindberg a Godard, Bergman hizo en sprint en una década el camino que la narración había tardado un siglo en recorrer. Es el fascinante proceso, único en un cineasta de su generación, que va del onirismo de «Fresas salvajes» a la fractura narrativa de «La hora del lobo» y la inefable «Persona», del realismo precursor de «Un verano con Monika» a piezas de cámara (una pareja encerrada en una isla) como «La vergüenza» o «Pasión».
Luego, entronado como Autor, el cine de Bergman se convirtió un poco en un género propio, una isla apartada del continente-cine, y empezó a contarnos la vida de su familia, obteniendo sus mayores éxitos populares, como Fanny y Alexander. Y cuando le faltaron las ganas o las fuerzas, delegó la saga en cómplices cercanos como su ex-mujer y musa Liv Ullman. Bergman se había retirado hacía tiempo; pero ahora su silencio es definitivo. Entre otros muchos recuerdos, nos deja el primer plano más hermoso de la historia: Harriet Andersson, la Mona Lisa del cine, mirando a cámara en Monika.
El tiempo, como siempre, ha puesto las cosas en su lugar; el tiempo y el eclecticismo informe del posmodernismo: hoy en ese imprevisto termómetro de la cultura popular que son los quioscos de prensa conviven, aquí y ahora, colecciones en DVD de Allen y de Bergman. La idea de poder comprarse a plazos la obra de un maestro «difícil» del cine no deja de parecer revolucionaria por más que responda a la lógica del capitalismo tardío, ése que, según los «baudrillards» de cabecera, desarticula la vanguardia y el arte mismo convirtiéndolos de signos de disenso en mercancía.
Aquí y entonces, en la España de hace medio siglo, Bergman fue objeto de un primer secuestro religioso-cultural que le presentaba como adalid de espiritualismo: se añadían voces angelicales a una feroz trama de venganza como «El manantial de la doncella» y se dilucidaban los matices teológicos de «El séptimo sello». Así, el valor de su cine quedó tan diluido como el del Quijote cuando se nos lo hace leer a la fuerza: a Bergman había que verle de rodillas.
Pero esa lectura quedó en entredicho por el propio desarrollo de la obra bergmaniana, con la estremecedora «Los comulgantes», con ese sacerdote que ha perdido la fe, y la abstracta «El silencio», en donde ese silencio de Dios producía un mundo agobiante, de pesadilla, sin sentido, digno de un Beckett terminal. Películas envasadas al vacío, que no nos dejaban aire para respirar, pero hermosas y terribles como el ángel de Rilke.
Y faltaba lo mejor, desde la perspectiva de la historia de las formas cinematográficas: tras haber comenzado en la posguerra haciendo un cine naturalista, determinista, de raigambre literario-teatral, evolucionó en los años 60 hacia una concepción despojada, minimalista, absolutamente moderna de la narración.
De Strindberg a Godard, Bergman hizo en sprint en una década el camino que la narración había tardado un siglo en recorrer. Es el fascinante proceso, único en un cineasta de su generación, que va del onirismo de «Fresas salvajes» a la fractura narrativa de «La hora del lobo» y la inefable «Persona», del realismo precursor de «Un verano con Monika» a piezas de cámara (una pareja encerrada en una isla) como «La vergüenza» o «Pasión».
Luego, entronado como Autor, el cine de Bergman se convirtió un poco en un género propio, una isla apartada del continente-cine, y empezó a contarnos la vida de su familia, obteniendo sus mayores éxitos populares, como Fanny y Alexander. Y cuando le faltaron las ganas o las fuerzas, delegó la saga en cómplices cercanos como su ex-mujer y musa Liv Ullman. Bergman se había retirado hacía tiempo; pero ahora su silencio es definitivo. Entre otros muchos recuerdos, nos deja el primer plano más hermoso de la historia: Harriet Andersson, la Mona Lisa del cine, mirando a cámara en Monika.
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