Acariciadas por el favonio del tibio verano o azotadas por los vientos furiosos del invierno, las islas Faroe de la Suecia del prócer del siglo XIII KŠttilmundsson y luego gobernada por la reina Cristina inmortalizada por Greta Garbo, fueron la maternal tebaida donde pasó los últimos años el último genio del cine. Los siete pitagóricos profetas de la historia de ese arte que entre sombras y luces ha conmovido con su belleza, sus ideas, su sensualidad y su romanticismo, son reveladores de un arte que, llamado el séptimo, es además un arte aparte al margen de todas las antologías: el genesíaco Einsenstein, el oxoniense doctor en cine René Clair, el esteta Visconti, el taumatúrgico Fellini, el to be in suspense Hitchcock, el intelectual Jean Renoir, el poeta y teólogo Ingmar Bergman, a quienes el Señor tiene tomados de la mano en el empíreo donde ahora residen con los insenescentes films que el talento en ascuas y la sensibilidad en fleur les ha permitido crear. (El quinto evangelista Chaplin es el apartado y exclusivo como esas semillas de un solo y único cotiledón, el inmenso e indimenso Charlot con el panhumano sentido de su arte y la artística dimensión que lo expresa.)
El teólogo Ingmar Bergman nacido en 1918 (no habría de nacer otro año: es el año de El gabinete del doctor Calegari, del abraxas y ocultista Wiene, con lo cual el cineasta Wiene y el recién nacido Ingmar demostraban que las coincidencias no las hace a ciegas la Providencia), sería luego el dostoiveskiano acicular indagador del corazón humano, el proustiano introspector del alma, introduciendo una sonda omnividente en la conciencia y el corazón del hombre y extrayendo a la superficie prodigiosas revelaciones.
El cine acaso haya sido una resonancia de su propia existencia, una prolongación de los sonidos, tanto los de su existencialismo (no era el existencialismo sartreano sino en todo caso el gnóstico de Gabriel Marcel) cuanto los de su esencialismo. Mucho hemos meditado con el arte de su cine metafísico en la imborrable Noche de circo, con el estremecedor Prólogo en sepia, la disipada mujer del payaso bañándose en las orillas del mar junto a la soldadesca soez: la impudicia de ella, el dolor del histrión circense que la rescata, la tragedia que los envuelve, el alegórico sentido que el teólogo Ingmar Bergman da a esos estados, bien puede ser ese pasaje un intenso fragmento, un segmento revelador de la línea fílmica de este místico y teólogo del cine a semejanza de como asumen teología y misticismo Georges Bernanos, el refinado Montherlant, José Bergmain y el literario abate Brémond. (Si se piensa en Sonrisas de una noche de verano, ha de pensarse entonces en el profundo pero jocundo Chesterton.)
Las constantes temáticas del amor, la muerte, el redentor espíritu de salvación, la mujer y los inextricables destinos deparados por el Infierno y el Cielo, tratados por este virtuoso realizador, que además es un magistral pedagogo en la dirección de actores, ascienden a las cimas de la inspiración cinematográfica de igual modo que descienden a las simas de las gehenas donde el demonio hierve las almas de los nefarios y donde bullen entre aullidos y maullidos todos los pecados además de los siete ya constitucionales. En esta constelación donde la defectible condición humana, en este centelleo por el cual aparecen iluminados las esperanzas, el angst con el que el hombre llega al mundo con el primer vagido, los sueños y las realidades que se le contraponen, nadie en la historia del cine ha sido el más elocuente, conmovedor y persuasivo artista e intelectual en el grado que lo fue el creador de El séptimo sello, La fuente de la doncella y de la escena en que un pobrecito inope mortal que vive de milagro y sólo porque Dios es grande juega con la Muerte una partida de ajedrez.
Con las más enhebradas expresiones del arte, la poesía, el pensamiento y la seducción, todo a través de una eximia simultaneidad, única en el cine, Ingmar Bergman fue la lumbrera y el hierofante mayor que abrió las puertas del templo que guarda lo recóndito del alma humana e intentó revelar el arcano del gran intríngulis, el mayor de los dilemas planteados a la desvalida criatura humana: su independencia o dependencia terrenal respecto de la teológica exigencia de la sumisión y el acatamiento del poder divino.
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