lunes, 13 de agosto de 2007

Cara a cara con Ingmar Bergman, Alan Riding

12 de agosto de 2007
El Nuevo Día, San Juan, Puerto Rico www.endi.com/noticia/la_revista/vida_y_estilo/cara_a_cara_con_ingmar_bergman/261168
La última entrevista del genial director sueco.

Ingmar Bergman, el legendario cineasta sueco, quien murió el pasado 30 de julio, se retiró de la filmación en 1983 para dedicarse a escribir y a dirigir obras de teatro. También, según él, se retiró de las entrevistas. Hizo muy pocas excepciones a esa decisión y este diálogo con The New York Times, en ocasión de un festival dedicado a su obra y celebrado en la Ciudad de los Rascacielos en 1995, fue una de ellas.

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“Soy autobiográfico en el sentido en que lo son los sueños, que transforman nuestras experiencias y nuestras emociones constantemente”.
Ingmar Bergman, cineasta


Aun para el corto vuelo entre Estocolmo y su hogar en la isla de Faro, Ingmar Bergman confiesa que toma tranquilizantes. “Odio viajar”, dice. “No voy a ninguna parte”. Por supuesto, el asunto no es tan sencillo para el enigmático artista sueco. Los viajes interrumpen la vida ordenada e introspectiva que ahora lleva. Hasta los “demonios” que trató de exorcizar en muchos de sus filmes parecen estar bajo control.
“Ellos saben que me pueden alcanzar temprano en la mañana, y que si me quedo en la cama, me pueden rodear”, dice riendo. “Pero les gano, porque me levanto. Ellos detestan el aire fresco. Pero a mí me gusta caminar rápidamente, y ellos detestan eso”.
A sus 76 años, Bergman dirige dos obras cada año en el Teatro Dramático Real de Estocolmo. Y en su casa en Faro, en el mar Báltico, pasa la mañana escribiendo novelas, obras dramáticas y guiones para televisión. Pero desde que dejó de hacer películas en 1983, se ha alejado deliberadamente de la fama.
Parece aliviado por ello. Su última cinta, Fanny and Alexander (de 1983), le tomó seis meses de filmación y agotó su voluntad de hacer más películas. Sobre todo, quería tiempo para lidiar con los asuntos sin resolver en su vida. “Pensé, ‘se acabó’”, dice. “Me sentí bien después. Y decidí, por principio, no dar más entrevistas”.
Sin embargo, cambió de parecer en cuanto a esto último, persuadido por el director artístico del Teatro Dramático, Lars Lofgren, donde Bergman ha presentado varias obras. Así fue que se encontró una tarde en la oficina de Lofgren, mirando una grabadora sin mucho entusiasmo.
“Soy muy tímido con la gente que no conozco”, dice. “Pero voy a tratar de ser absolutamente honesto”, agrega, por ser esta, según sus palabras, “la última entrevista de mi vida”.
Lo que se trasluce es que ya no le interesa hablar sobre sus más de 45 películas, sus numerosas obras dramáticas para televisión, sus aproximadamente 130 obras de teatro, su puñado de óperas, su autobiografía y sus novelas. Es como si estas hubiesen adquirido vida propia, o hubiesen muerto. Lo que le interesa ahora son sus recuerdos, los sentimientos que aún son suyos y que continúan dando forma a su trabajo.
Y aun así, a este hombre que ha revelado tanto de sí mismo en sus películas y en su libro de memorias, The Magic Lantern (1987), no siempre le resulta fácil hablar. A veces se queda callado o suspira profundamente. En otras ocasiones se echa hacia atrás, ansioso, baja la cabeza o se cubre la cara con las manos. Entonces, de repente, rompe la tensión riéndose, describiéndose a sí mismo como “pedante”, o “un caso siquiátrico”.
“Claro que soy autobiográfico”, dice. “Soy autobiográfico en el sentido en que lo son los sueños, que transforman nuestras experiencias y nuestras emociones constantemente”.
Siempre fue así. Desde su niñez, dice, se pasaba jugando juegos con la realidad y la fantasía -y aún lo hace. “Las puertas entre el hombre viejo de hoy y el niño siguen abiertas, bien abiertas”, dice Bergman. “Puedo recorrer la casa de mi abuela y saber exactamente dónde están los cuadros, dónde estaban los muebles, cómo lucía todo, las voces, los olores. En menos de un segundo me puedo mover de mi cama, esta noche, a mi niñez. Y ambas son reales”.
Su talento, por supuesto, siempre ha sido el de saber cómo convertir en arte sus recuerdos, ya sean de dolor o de placer.
“Cuando escribo algo horrible o deprimente”, dice, “no es porque esté deprimido u horrorizado por algo. Simplemente estoy trabajando. Y las cosas sobre las que escribo están lejos, muy lejos. Puedo pararme en el centro del drama, escuchando las cosas que la gente dice. Puedo oír exactamente las maneras en que hablan, y los miro y simplemente lo escribo, porque lo que hacen puede ser muy sorprendente para mí. Pero en la mayoría de los casos, ya yo he pasado por eso”.
Fue este talento el que le permitió entrar en su propio mundo. Desde muy pequeño, trataba de escapar de la dura disciplina y fuerte carácter de su padre, Erik, un ministro luterano, y de los cambios de estado de ánimo de su madre, Karin, escribiendo, dibujando, jugando con marionetas y linternas mágicas, y haciendo teatro.
No obstante, estaba atrapado en una confusión emocional. “Yo quería mucho a mi madre”, dice, apenas empezada la entrevista. “Era una mujer muy fría y muy cálida a la vez. A veces me rechazaba”.
A los 19 años ya no les hablaba a sus padres, y decidió irse de su casa. Tras un corto tiempo trabajando en una universidad, halló un trabajo en la Ópera de Estocolmo. Fue su ingreso al mundo del teatro.
Empezó a escribir obras de teatro, que ahora considera “pobres”, y pronto estaría trabajando como director en teatros locales y estudiantiles. A los 24 fue contratado para “limpiar guiones” por Svensk Filmindustri, la principal compañía de producción y distribución de Suecia, y el cine llegó a su vida.
“Fue una buena manera de aprender de guiones”, recuerda, “porque lo que veíamos era cine estadounidense y lo que admirábamos era su estructura dramática, su manera de contar historias. Así fue que aprendí. Luego, cuando ya sabía cómo hacerlo, podía echar todo eso a la basura y hacerlo a mi manera”.
En el plazo de un año una de sus obras de teatro -‘Torment’, de 1944- había sido llevada al cine por Alf Sjoberg, el principal director sueco de la época, quien se convertiría en su mentor. Su éxito le proporcionó la oportunidad de dirigir su primer filme, ‘The Crisis’ (1946), al que pronto seguirían varios otros.
Hacia mediados de los años 50, empezando con The Seventh Seal (1957) y Wild Strawberries (1957), las películas que establecieron la leyenda de Bergman habían empezado a fluir. El reconocimiento llegó pronto: The Virgin Sprig (1960) y Through a Glass Darkly (1961) ganaron el Oscar a la mejor película extranjera en años consecutivos.
A lo largo de los años 60, sus películas fueron un espejo de su intensa y a menudo oscura visión de la vida y la muerte, fruto de sus experiencias en la niñez. Y entonces, a principios de los 70, se enfocó en otra faceta turbulenta de su vida -sus cinco matrimonios y numerosas relaciones apasionadas. En filmes como Cries and Whispers (1972) y Scenes From a Marriage (1973), lanzó una profunda mirada a las relaciones entre hombres y mujeres. “Bergman fue el primero en traer la metafísica -religión, muerte, existencialismo- a la pantalla”, dice el cineasta francés Bertrand Tavernier.
No obstante, a lo largo de toda su carrera a Bergman le ha causado ansiedad filmar una película. Fue una de las razones por las que le gustaba trabajar rápido. “Uno trabaja ocho horas para filmar tres minutos de película”, dice, “y uno sabe que esos tres minutos tienen que ser perfectos. Era algo que a veces me enloquecía”.
El teatro, en cambio, le trajo estabilidad. Le atraían fuertemente los clásicos -Shakespeare, Moliere, Ibsen y especialmente su compatriota August Strindberg-, pero también dirigió obras de Albee, Anouilh, Pirandello y Tennessee Williams.
Durante los nueve años que vivió en Munich también buscó refugio en el teatro, dirigiendo 11 obras y haciendo sólo dos películas, incluyendo Fanny and Alexander, que ganó cuatro premios de la Academia. Cuando finalmente regresó a Suecia, volvió a su “hogar” del Teatro Dramático Real, conocido localmente como el Dramaten, al que asistió por primera vez en su vida a ver una obra de teatro, cuando tenía 9 años.
Pero independientemente de que sea teatro, cine o televisión, todo es, según Bergman, “jugar juegos”. Y al final, dice, lo que cuenta es la audiencia. “Una de las tareas es hacer que la gente se ría, sea feliz y se olvide de sí misma”, dice. “Pero otra es mostrarle lo insoportable y aterrador, de una manera soportable”.
Ciertamente, el propio Bergman puede hoy enfrentar cosas que antes no podía. “Cuando era joven, estaba extremadamente asustado de morir”, dice. “Pero ahora pienso que es un arreglo muy, muy inteligente. Es como una luz que se extingue. No hay que hacer mucho alboroto por eso”.
El Bergman oscuro reaparece sólo ocasionalmente. “¿Es el sufrimiento parte de tu educación como ser humano?”, pregunta. “¿Hay un patrón que no podemos ver? ¿Es el sufrimiento parte de ese patrón? ¿Existe la gracia verdadera?”. Suspira. “No estoy listo para discutir esto”, dice.
La edad, sin embargo, ha dulcificado su carácter. Ha encontrado sosiego en su larga relación con Ingrid Karlebo, una mujer adinerada de cuarenta y tantos años que dejó a su marido en 1971 para casarse con él. Ahora considera sus años de mujeriego como “un gran error”.
Pero lo que es más importante aún, tal vez, es que a través de los libros que ha escrito Bergman hizo las paces con sus padres. El tono ferozmente confesional de The Magic Lantern estableció el escenario. Luego hizo tres novelas sobre sus padres.
La última -Private Confessions- fue la más difícil, porque involucró el descubrir a una madre desconocida, una mujer cuyos sentimientos más íntimos se reservaron para un diario secreto que mantuvo hasta dos días antes de su muerte, en 1966. Bergman recuerda a su padre leyendo el diario y descubriendo que “no conocía a la mujer con la que estuvo casado”.
Bergman mira al reloj en la oficina de Lofgren y advierte que se tiene que ir.
Una pregunta final: ¿llegó a ser un analista tan agudo del comportamiento humano por haber recibido terapia? “No, nunca”, dice rápidamente. “Si yo no tuviera mi profesión, estaría ahora mismo en un manicomio. Pero he trabajado sin descanso... así que no necesité terapia”.
Se pone de pie despacio. El director que siempre se preparó meticulosamente para sus películas u obras de teatro parece haber podido ordenar también su vida. “Haré algunas producciones en este teatro”, dice sobre sus planes inmediatos, “e iré a mi isla y leeré libros que no tuve la paciencia de leer o de entender. Y escucharé música”.
“Será una vida muy buena, me parece”.


Alan Riding es corresponsal de The New York Times.

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